
«El hombre está condenado a ser libre», escribió Jean-Paul Sartre alguna vez. Y aunque esto pueda sonar contradictorio encierra un gran significado.
¿Cómo puede alguien estar “condenado” a ser libre? ¿Es que acaso una condena no limita por sí misma la libertad? ¿Podría esta expresión no ser más que una simple paradoja? En lo que a mí respecta, la forma en la que interpreto las palabras de Sartre es más o menos simple: Estamos condenados a ser libres porque no nos queda de otra.
Para aclarar esta confusa situación tal vez ayude enunciar otra frase del mismo Sartre: «La existencia precede a la esencia».
Esta segunda afirmación, si acaso peca de ser más oscura, es así mismo menos inmanentemente paradójica. Se refiere simplemente a que el hombre existe sin saber para qué. Es decir, su existencia no está fundamentada en un diseño preconcebido o en una esencia que la preceda, sino que es la propia existencia la que precede a la esencia, es su existencia la que diseña o determina una esencia posterior.
Consideremos el siguiente ejemplo: cuando un carpintero hace una silla, ha pensado de antemano lo que quiere hacer: un mueble para sentarse. El objeto “silla” es un miembro del genero “mueble” con la diferencia específica de que tiene que “servir para sentarse”. Así, la ecuación queda:
Silla = Mueble que sirve pasa sentarse.
Y ésa es la esencia de la silla. Pueda acaso nuestro carpintero ser un consumado artista, y diseñar la silla más bella, o más abstracta, o más complicada que su mente de artista pueda concebir. Sin embargo, si no es un mueble que sirve para sentarse entonces no es silla. En este caso, es la esencia la que precede a la existencia, ya que el carpintero primero imagina la silla y luego la construye. Le da primero esencia y procede después a darle existencia.
La situación es diferente cuando, por ejemplo, un hombre que ha caminado varias horas por el bosque encuentra un cómodo tronco de árbol y se sienta en él a descansar las piernas. En este caso, la existencia precede a la esencia, pues el tronco ya existía en el bosque antes de que cualquier viajero cansado pensara en usarlo como silla.
Éste es el caso del ser humano: el de un tronco de árbol muerto completamente perdido en la profundidad de un inmenso bosque.
«La existencia precede a la esencia», dice Sartre. Y no se equivoca. Ninguna idea de hombre existió antes de que éste apareciera en el mundo, ningún artista lo imaginó antes de crearlo y ningún carpintero lo diseñó antes de construirlo.
Es, por el contrario, el propio hombre quien se ha creado su esencia; es el propio hombre quien ha diseñado conceptos ideales del hombre, quien se ha dado significado a sí mismo; es el propio hombre, en fin, quien a lo largo de la historia se ha inventado mil y un razones para que “valga la pena” existir.
Pero ésta no es más que la forma en la que el hombre rehusa ser libre. El hombre tiene miedo de su libertad y ha venido huyendo de ella durante milenios.
Ni tardo ni perezoso, creó, por ejemplo, el concepto de divinidad. Desde los albores del hombre ha existido la creencia de que uno o varios dioses fueron los creadores del género humano. Esto solucionó el problema. El ser humano, una vez acepta la idea de un dios creador, piensa: “Si fui creado por alguien, y creo fimemente que así fue, entonces ese alguien me creó por alguna razón. Tengo, por tanto, un objetivo en la vida, una ‘misión’ que cumplir.” Este razonamiento tiene integridad lógica, ya que, repito, si fuimos creados por alguien, sería compleamente ilógico que ese alguien anduviera malbaratando materia, tiempo y esfuerzo en la creación de un universo tan grande sólo para que nosotros lo habitáramos, un planeta tan bello sólo para que nosotros lo disfrutáramos y todo un montón de formas de vida inferiores, como monos y árboles frutales, sólo para que nosotros nos los comiéramos. Lo más lógico sería, claro, que nuestro creador haya tenido en mente un estupendo y preconcebido plan al momento de crearnos. El azar y la evolución quedan completamente descartados.
Pero la creencia en un dios creador del género humano y diseñador de su esencia previa no es el único método que ha utilizado el hombre para evadir su libertad. Alienación, avaricia, fanatismo ideológico o religioso, esclavitud e incluso sistemas económicos, son una pequeña muestra de la larga lista de ejemplos. Aún hoy en día el ser humano se refugia de su libertad, que siempre lo persigue, en grupos sociales numerosos, en el poder de la mayoría, en moda. El hombre moderno le teme a la soledad porque cuando está solo, su libertad le habla al oído.
Y es que el hombre es arrojado a la existencia sin tener una esencia previa. El hombre tiene, por tanto, que crearse esa esencia, tiene que darse un significado para no vivir flotando en la nada. Y eso es precisamente lo que ha hecho: crearse diferentes esencias a lo largo de su historia, e incluso varias esencias en un mismo período histórico, desencadenando este último caso grandes y numerosas guerras entre hombres.
Sin embargo, el conocimiento de este hecho le quita valor al concepto mismo de esencia ya que, si la humanidad ha diseñado tantas esencias humanas y ninguna ha demostrado tener más valor real que otra, si cualquier hombre o grupo de hombres puede crear una nueva esencia y defenderla fervientemente, entonces ninguna de estas esencias puede servir de guía fiable para un miembro cualquiera de la humanidad. Aceptar este hecho pone al hombre de cara frente a su libertad.
Pero son pocos los seres humanos que lo aceptan, ya que la aceptación de su libertad involucra también asumir una enorme responsabilidad. La responsabilidad de ser uno mismo, y nadie más que uno mismo, el pleno causante de los eventos que le sucedan, sean estos buenos o malos. Significa ya no poder refugiarse en lugares comunes como “Así lo quiso Dios”, o “El destino me odia”, o “Todo pasa por alguna razón”. Significa, en pocas palabras, responsabilizarse plenamente de sus acciones. Un hombre así, tiene que decidir y razonar por sí mismo sobre lo que cree que es correcto y tener también la firme voluntad de hacerlo.
Pero esta idea, este concepto de libertad pura, puede también, para algunas personas, significar que nada tiene valor y por lo tanto todo se vale, nada está prohibido, desencadenando una vorágine de violencia, barbarismo y vuelta al estado animal. Hacer, en fin, lo que se le dé a uno la gana.
En resumen, la existencia precede a la esencia, por lo que el hombre no tiene una definición previa de sí mismo, nada que lo ate o limite, sino que está condenado a ser libre, a elegir o diseñar él mismo su propia esencia, o bien, a no escoger ninguna y abrazar la nada.
Yo, por mi parte, creo firmemente en que cualquier lugar cómodo, incluído el piso, es bueno para sentarse; creo también que la vida justifica la vida y que la respuesta a la pregunta última sobre la vida, el universo y todo lo demás es 42.